La política exterior española atraviesa uno de sus momentos más críticos. Pedro Sánchez ha optado por doblar la rodilla ante Mohamed VI, rindiendo una pleitesía que, paradójicamente, niega al Rey Felipe VI. Lejos de la firmeza histórica que caracterizó a la diplomacia española en décadas pasadas, el actual Ejecutivo ha transformado el «manual de resistencia» en el manual del «perfecto agachado», cediendo la soberanía nacional al expansionismo del Magreb.
De la firmeza histórica al vasallaje diplomático
La historia de la democracia española cuenta con ejemplos de integridad frente a las presiones internacionales. Cuando Leopoldo Calvo Sotelo anunció en 1981 la adhesión de España a la OTAN, soportó presiones internacionales inmensas, pero mantuvo la compostura frente a potencias como China, que finalmente aplaudió la resolución con un claro mensaje de respeto fronterizo.
Incluso figuras como Adolfo Suárez demostraron cómo defender las plazas de soberanía. Ante un órdago de Hassan II sobre Ceuta y Melilla durante una cacería, Suárez no titubeó al advertir que, ante un ataque, los Ejércitos españoles bombardearían Rabat y Casablanca. Hoy, esa firmeza ha desaparecido.
El chantaje migratorio como arma de Estado
La debilidad de Moncloa ha quedado retratada con la reciente operación marroquí, que emuló la Marcha Verde de 1975. El envío de 60.000 súbditos para cruzar a nado la frontera hacia Ceuta en 48 horas no fue obra de mafias aisladas, sino un movimiento orquestado por el régimen alauita. Un autohomenaje de Mohamed VI en la efeméride de su entronización que ha costado vidas humanas y que ha servido para golpear el talón de Aquiles del presidente socialista.
Lejos de una respuesta contundente, Sánchez felicitó el repliegue marroquí con servil sumisión. La inacción es tal que, en lugar de llamar a consultas a su embajadora en Rabat, el ministro José Manuel Albares optó por citar al embajador italiano por discrepancias sobre el libre tránsito europeo.
Aislamiento geopolítico y el mapa del "Gran Magreb"
Desde que Sánchez dinamitó la política exterior sobre el Sáhara Occidental —tras el hackeo de su móvil y el de varios ministros—, Marruecos ha fortalecido sus alianzas. Con Estados Unidos e Israel armando al régimen alauita y reconociendo su soberanía sobre el Sáhara, España ha quedado relegada.
La Monarquía alauita no oculta sus intenciones. Ya retratan a los presidentes españoles con el mapa del «Gran Magreb» de fondo, un territorio imaginario que absorbe Canarias, Ceuta, Melilla y el sur peninsular. Mientras tanto, voces del entorno socialista, como el exasesor Máximo Cajal, ya propugnaron en su día la entrega de Ceuta y Melilla, considerándolas una "afrenta" a Marruecos.
Un agravio directo a la Corona
En medio de esta crisis, el presidente disfruta de vacaciones en La Mareta, exonerando a Marruecos y calificándolo de "socio fiable". El resultado de esta deriva es desolador: todo apunta a que Mohamed VI o su heredero recorrerán las calles de Ceuta y Melilla antes que el propio Rey Felipe VI, quien tiene vedada la visita por el Gobierno para no incomodar al monarca marroquí.
España navega a la deriva, con un timonel sujeto a los embates de su vecino del sur y a las exigencias de sus socios separatistas, hipotecando de forma irreversible los intereses y la integridad territorial de la nación.