Opinión
La reacción españolista de Madrid
Javier Paniagua Madrid era un pueblo de ganaderos y agricultores a principios del siglo XVI, con antecedentes prerromano, romanos, visigóticos y musulmanes, pero en 1561 el rey Felipe II decidió trasladar allí la Corte desde Toledo y construir El Escorial.
Javier Paniagua
Madrid era un pueblo de ganaderos y agricultores a principios del siglo XVI, con antecedentes prerromano, romanos, visigóticos y musulmanes, pero en 1561 el rey Felipe II decidió trasladar allí la Corte desde Toledo y construir El Escorial. Después de la unificación borbónica en el siglo XVIII y la paulatina consolidación del liberalismo político en el siglo XIX, Madrid se convirtió en la capital del Estado mientras la modernización económica se desarrollaba en las zonas periféricas como Cataluña y Euskadi. Una burocracia política y administrativa, junto a pequeños talleres y comercios configuraban una sociedad que hegemonizaba desde una cultura castellana, la organización del Estado.
Se produjo así una disfunción entre las nuevas clases empresariales de la revolución industrial y unos sectores agrícolas que hegemonizaban la gobernabilidad del país, al contrario de lo que ocurría en Europa donde los centros de la expansión industrial y financiera controlaban la dirección política del Estado como ocurre en Alemania con Berlín, capital de Prusia, protagonista de la unificación alemana, en Francia con París, en la Ille de France, en Gran Bretaña Londres, en Italia Milán-Turín en la Lombardía, foco principal de la unidad italiana, en Estocolmo en Suecia o en Moscú en Rusia. Pero en España el catalanismo o el vasquismo desarrollan su propia dinámica económica que acabará derivando en propuestas políticas nacionalistas y a la postre reclamando sus propios estados, pero derrotados en la Guerra Civil española. El franquismo acentúa la unidad de España con caracteres propios, dentro de una dictadura centralista, pero siguiendo el paradigma del liberalismo progresista o conservador que había venido desarrollándose con el apoyo del Ejército desde la Constitución de 1812 y las siguientes, salvo el corto periodo de la I Republica (1873) donde se intentó una estructura federal que acabó degenerando en el cantonalismo. Y después la II República con la posibilidad de los Estatutos
La dinámica entre centro y periferia, entre centralismo y descentralización siguió latente durante los años del franquismo donde las burguesías vascas y catalanas se adaptaron a las nuevas circunstancias, pero en ningún caso se consiguió desarraigar los elementos culturales y sentimentales de esas comunidades, a pesar de las políticas unificadoras y la emigración de la España rural castellana hacia esas zonas. Pero en ese tiempo Madrid aprovechó, al calor del poder político, para crear su propio centro neurálgico de desarrollo industrial, comercial y financiero que se convirtió en el competidor de Barcelona y Bilbao. Madrid representó sin ser muy consciente de ello la alternativa españolista a los nacionalismos periféricos. Es decir, Madrid se ha convertido en símbolo de España que se ha hecho realidad retórica en las recientes elecciones.
Cuando la Constitución de 1978 diseñó el titulo VIII de la organización territorial española con el deseo de superar la bipolaridad secular entre centralismo y descentralización. La mayoría de las nuevas Comunidades Autónomas estaban más o menos pergeñadas, aunque algunos casos fueron conflictivos como el de la integración León o el de Segovia. Sin embrago, ¿qué se hacia con Madrid? La mayoría de la Asamblea de Parlamentarios madrileños que se formó en el año 77 consideraron que debía integrarse en Castilla-La Mancha, algunos también en Extremadura, pero los diputados de lo que sería Castilla-La Mancha no lo consideraron oportuno en aquel momento por el peso de la provincia en la que pudiera ser la nueva Comunidad. Se valoró también considerar a Madrid ciudad como distrito federal como México o Washington, pero la palabra federal fue anulada del discurso político de la época por sus connotaciones históricas. Al final, se constituyó la Comunidad Autónoma, con himno y todo, donde se ha desarrollado una economía moderna, con fusiones bancarias, nuevos servicios, televisiones privadas, nueva clase empresarial, la privatización de empresas públicas, expansión de la telefonía móvil y la digitalización, nuevas comunicaciones con la Alta Velocidad. Y junto a ello una fuerte emigración que la hace de 6.747 068 h. y una estructura social con una potente clase media. Es en este contexto donde ha nacido un “nacionalismo banal”, según la terminología de Michael Billig, y españolista que se ha acentuado a medida que crecían los nacionalismos periféricos.
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