Es tradición en España la discusión con el cuñado o la suegra en las cenas y comidas navideñas. Por eso muchos procuran no sacar temas polémicos esos días que puedan dar lugar a que la paz y amor propias de estas fechas se transformen en agrias disputas que arruinen las reuniones familiares.
En Cataluña, siempre tan avanzados, llevan tiempo aplicándose esta norma de nuevo cuño, tal era y es el nivel de enconamiento político incluso en el ámbito familiar, por mucho que Sánchez y sus voceros digan que ahora hay paz y con el PP no. Ahora hay paz…comprada con concesiones que el PP no daba, y que el PSOE de antes tampoco.
Pero esperen a que lleguemos al referéndum, a ver en qué queda la concordia y la convivencia en Cataluña y en el resto de España. Y de Europa, visto lo sucedido ayer en el Parlamento Europeo, con un Sánchez comprensivo con los radicales hasta mimetizarse con ellos dando lecciones de nazismo a los alemanes y de democracia a unas instituciones que hacen del consenso -derecha-izquierda que él desecha en España su razón de ser.
Precisamente por eso Sánchez cavó ayer la fosa política continental en la que enterrar sus aspiraciones para cuando deje de ser presidente en España, sea esto último lo que quiera Dios que sea de aquí a unos años. Y les hablaba yo de la Navidad y de las discusiones políticas en la mesa, que más o menos damos todos por inevitables en estas circunstancias de continuo fomento de la división entre españoles. Pero lo que me preocupa, y observo casi a diario en la distancia corta, es que quienes siguen a Sánchez admitan cada vez de peor grado incluso en privado las críticas, que ya toman como cosa personal y como afrenta, se digan en el tono y con la intención con que se digan.
Todo les ofende, todo lo consideran un ataque a la legitimidad del Gobierno, que supongo dan por hecho que puede permitirse hacer lo que quiera sin que nadie les rechiste, porque si se les protesta es porque directamente los objetores son fascistas y están en contra de la auténtica Democracia, que han llegado a creerse que sólo encarnan ellos, Bildu y Puigdemont. Y eso no nos había pasado nunca desde hace 40 años.