Hablar del Cristo de las Penas es hablar de la esencia más auténtica de la Semana Santa Marinera de Valencia. No nace en palacios ni en grandes templos, sino en las calles del Cabanyal, el Canyamelar y el Grau, entre gente de mar, de redes y de salitre.
Se trata de una imagen de Cristo crucificado que representa uno de los momentos más intensos de la Pasión: el sufrimiento en la cruz. Su fuerza no está en la grandilocuencia, sino en lo contrario: en una expresión serena y contenida que invita al silencio y al recogimiento.
En un entorno marcado históricamente por la dureza del trabajo en el mar, la incertidumbre de cada salida a faenar y la vida ligada al Mediterráneo, las cofradías comenzaron a consolidarse entre finales del siglo XIX y principios del XX como una forma de expresar fe, identidad y protección. Para muchos de aquellos hombres del mar, la devoción al Cristo de las Penas estaba ligada a promesas personales antes de embarcar: volver a casa sanos, proteger a la familia o agradecer haber sobrevivido a temporales y jornadas difíciles en el mar. En ese contexto nace esta devoción, que pronto se convierte en símbolo de cercanía y humanidad en los barrios del litoral valenciano.
Como gran parte del patrimonio devocional, la Guerra Civil supuso un punto de inflexión, con el destrozo y posterior reconstrucción de muchas imágenes y tradiciones. Sin embargo, la devoción al Cristo de las Penas logró mantenerse viva y volver a ocupar su lugar en la Semana Santa Marinera.
La actual imagen del Cristo de las Penas es una talla de época contemporánea, realizada tras la posguerra para recuperar la devoción perdida durante la Guerra Civil, y que desde entonces se ha convertido en una de las más representativas de la Semana Santa Marinera.