El presidente Pedro Sánchez ha tardado dos meses en aparecer en el Congreso para dar explicaciones por el accidente de tren en Adamuz (Córdoba) que costó la vida a decenas de personas. Una espera indecente que demuestra, para muchos críticos, un Gobierno más preocupado por la propaganda que por rendir cuentas ante las víctimas y sus familias.
En lugar de asumir responsabilidades claras, Sánchez defendió que la vía afectada cumplía protocolos de seguridad y calificó las críticas de la oposición como “miedo” y “desinformación”. Una defensa más propia de un portavoz que de un jefe de Ejecutivo ante una tragedia que ha sacudido al país.
Mientras la oposición —incluido Feijóo— le exige dimisiones y acusa al Gobierno de negligencia evitable, Sánchez evita asumir errores directos y se escuda en cifras, tecnicismos y futuras investigaciones. Muchos se preguntan si no debería haber venido antes, con más humildad y menos discursos vacíos.